Este artículo fue publicado en Kriptópolis el 2 de diciembre de 2002.
Por David Casacuberta
En el inicio estaba la Electronic Frontier Foundation. A ellos le debemos el modelo que muchos activistas aplicamos en su momento y muchos otros siguen defendiendo en la actualidad. Un modelo centrado en ejercer de lobby. Frente a unos gobiernos que no sabían realmente qué era Internet y le tenían un miedo desmesurado, actuar como medio de control y presión para conseguir reducir las leyes al mínimo indispensable, y que éstas fueran lo más razonables posible...
A diferencia de otros lobbies, aquí lo que se defendía no era simplemente un colectivo concreto -aunque también- sino una forma de vida: la vida en la red, una cultura alternativa que, según la famosa frase, no creía en gobiernos o en reyes sino en un consenso básico y en ejecutar código. El gran texto fundacional fue la Declaración de la Independencia del Ciberespacio, de John Perry Barlow, un texto militante donde se invitaba a los gobernantes a alejarse de una forma de vida que no entendían y permitieran que esa cultura virtual funcionara sola, al margen de gobiernos y leyes.
Surge de ahí un tipo de activismo centrado en conseguir la no intervención. El gran ciberderecho es el derecho a que le dejen a uno en paz, que se permita el desarrollo libre y sin restricciones de la cultura y la vida de la red. El camino, como ya hemos indicado, es conseguir reducir cualquier injerencia gubernamental a un mínimo.
Nos encontramos ante una utopía. Una utopía que por una vez, parecía que iba a funcionar pues, después de todo, Internet es el U-topos perfecto, aquello que no está en ningún sitio. Desgraciadamente, las cosas no resultan tan fáciles como parece.
En primer lugar, las amenazas a los ciberederechos son de lo más variadas. Después de unos años de convivir con spam, cadenas de e-mails, corporaciones que erosionan nuestra privacidad mediante cookies, autodenominados hackers que creen que sabotear discos duros ajenos es una gran hazaña, mailbombings y tantas otras cosas, uno se da cuenta de que no todas las amenazas vienen precisamente de los gobiernos.
En segundo lugar, una utopía informacional necesita de información veraz para funcionar. No sé si la información quiere ser libre o no, pero sí que está claro pero no tiene ningún sentido sentirse ufano de disponer de libertad de expresión en Internet si luego el 75% de las cosas que uno cree conocer son medias verdades y el 25% restante mentiras bien gordas. Y la batalla por la información real se libra sobre todo en el mundo real, más que en ciberespacio.
Finalmente, aunque el ciberespacio no esté en ningún lugar, las personas sí lo están. Por mucho que uno quiera construirse su utopía en la red, lo cierto es que la mayoría de problemas y sus soluciones se encuentran en el mundo real y a él volvemos inevitablemente cuando apagamos las máquinas.
Así pues, aunque es necesario sin duda asegurarnos de que las leyes producidas por los gobiernos para regular Internet respetan nuestros derechos, no es razonable ni suficiente quedarnos ahí. Paralelamente a este trabajo negativo, de lobby, de evitar las leyes injustas, hay que desarrollar otro trabajo positivo, de construcción, de dotar de instrumentos a los ciudadanos para defender sus derechos.
Y no estoy pensando en los ciberderechos abstractos de los miembros de una comunidad utópica en la Red. Pienso más bien en instrumentos informáticos para proteger nuestra privacidad, el derecho a la información veraz y la libertad de expresión en el mundo real.
Ejemplos hay muchos. Pensemos en la criptografía y la aventura de ofrecer al mundo un programa como PGP. O en el software libre y la licencia GNU de la Free Software Foundation, que ha mostrado claramente la posibilidad de otra manera de entender la sociedad de la información que no fuera con el beneficio económico como único motor. Es necesario divulgar todos estos conocimientos, hacer que la criptografía y las herramientas del software libre sean moneda común entre los ciudadanos.
Después de unos cuantos años de ciberactivismo, creo que podemos empezar a hacer balance, aunque sea de forma provisional. Aunque el modelo de lobby empezó con grandes éxitos, como declarar inconstitucional la CDA, a la hora de la verdad, los gobiernos han demostrado ser cada vez más sutiles a la hora de ajustar sus leyes. Por otra parte, cada vez vemos con más claridad que son las grandes corporaciones las más interesadas en definir el tejido legal del ciberespacio en función de sus propios intereses. Del gran hermano de Orwell hemos pasado a unas hermanas menores que se reparten muy bien el trabajo de vigilarnos constantemente.
En el otro lado de la balanza tenemos cosas como Linux y PGP, cada vez más extendidas, y que aumentan las capacidades de los ciudadanos a la hora de aumentar sus posibilidades de intervenir política y socialmente en el mundo real. Pienso que se puede llegar mucho más lejos en esta línea de desarrollo. La división digital no es sólo una cuestión de infraestructura de telecomunicaciones, aunque también. Mucha gente usa Internet para comunicarse con sus amigos, comprar billetes de avión o leer el periódico, y no es consciente de todo el potencial de desarrollo personal y político que tiene al alcance de sus dedos.
John Gilmore imaginaba una Internet en el que los ciudadanos se protegían no mediante leyes, sino con física y matemáticas. Me encanta esa intuición, pero creo que está lastrada todavía con la idea de "protección". Vive todavía en el viejo modelo de la utopía de la Red sin conexión con el mundo real. La matemática y la física nos dan protección, pero también nos dan instrumentos de construcción. La nueva Atlántida ya no es una Red autorreferencial sin leyes pero sin contacto con el mundo exterior: es un mundo real en el que nuestras acciones políticas, sociales y culturales están potenciadas por una serie de herramientas y servicios en la red. Unas herramientas y servicios que, en buena parte, hace que no nos tengamos que preocupar por las leyes que los políticos quieran aprobar, pues habremos construido un mundo a nuestra medida.
David Casacuberta