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Solución Kriptojuego 20080131: La vergüenza española (y III)
Llega -por fin- la última entrega de la solución comentada a nuestro segundo kriptojuego, dedicada al despertar de la criptografía en Europa, que por cierto no tuvo lugar hasta varios siglos después de que Al-Kindi escribiera su primer tratado de criptoanálisis, tal y como reseñamos en la entrega anterior...
Y es que mientras los eruditos árabes alcanzaban nuevos logros en todos los campos del saber, Europa vivía su era más oscura y sólo los monjes mostraban algún interés en la criptografía, gracias a la presencia de fragmentos cifrados con atbash en el Antiguo Testamento (atbash es otro sistema de sustitución monoalfabética, en que cada carácter se sustituía por el que ocupaba el mismo lugar contando desde el final del alfabeto, es decir, la "a" por la "z", la "b" por la "y", etc).
El primer libro europeo sobre Criptografía del que se tiene constancia aparece en el siglo XIII y lo firma Roger Bacon, un fraile franciscano al que algunos consideran autor del Manuscrito Voynich (no confundir con Francis Bacon, que también tiene su relevancia en Criptografía).
El resurgimiento de todo tipo de artes durante el Renacimiento también benefició el desarrollo de la Criptografía, y no es casualidad que Italia, compuesta por ciudades-estado en conflicto permanente, fuera el país europeo donde la ciencia de los secretos conoció mayor esplendor, con figuras como Giovanni Soro, Secretario de Cifras de Venecia.
Pronto Francia alcanzó también un nivel respetable, encarnado primero en Philibert Babou, criptoanalista de Francisco I, y luego por François Viète, quien se convirtió en la auténtica "bestia negra" de las cifras españolas, según narra Simon Singh ("Los Códigos Secretos", Ed. Debate, 2000):
Los criptógrafos españoles, que según parece eran más ingenuos que sus rivales en el resto de Europa, no podían creerlo cuando descubrieron que sus mensajes eran transparentes para los franceses. El rey Felipe II llegó a preentar una petición ante el Vaticano, afirmando que la única explicación posible del criptoanálisis de Viéte era que éste fuera un "enemigo jurado confabulado con el diablo". Felipe alegó que Viète debía ser juzgado ante el tribunal de un cardenal por sus actos diabólicos; pero el papa, que sabía que sus propios criptoanalistas habían estado leyendo las cifras españolas durante años, rechazó la petición española. Las noticias sobre la petición pronto se extendieron a los expertos en cifras de varios países y los criptógrafos españoles se convirtieron en el hazmerreír de Europa.
Nuestros desinformados compatriotas fueron las víctimas propiciatorias de un período de cambio en que algunos criptógrafos seguían fervientemente anclados en el cifrado monoalfabético por sustitución, mientras otros, mucho más avanzados, ya los reventaban sin problemas mediante un sencillo análisis de frecuencia.
Pero si los criptógrafos españoles perdieron su reputación por esta causa, otros perdieron aún más, como María Estuardo, reina de Escocia, decapitada en 1587 por confiar sus mensajes conspirativos a un sistema de cifrado monoalfabético de sustitución que ya no suponía secreto alguno para sus enemigos, debido a las habilidades criptoanalíticas de Thomas Phelippes, de la Escuela de Cifras de Londres. La historia completa -apasionante- en el mencionado libro de Singh.




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