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Se abre la veda contra la difusión de 'ebooks' sin ánimo de lucro


Poradmin- Publicado el18 Febrero 2010

Para quien aún no lo conozca, Papyre.co.cc es un sitio colaborativo cuyos usuarios formatean todo tipo de libros para convertirlos a formato electrónico fb2 y ponerlos allí a libre disposición de la comunidad.

Pues bien; en fecha reciente, coincidiendo con el primer aniversario del sitio, su responsable ha informado de la recepción de un correo donde una famosa editorial le amenaza con emprender acciones legales en su contra si no retira de dicha página las obras cuyos derechos a ella pertenecen.

El responsable de Papyre.co.cc alega -entre otras cosas- en su respuesta que la total ausencia de ánimo de lucro en su actividad, así como la inexistente comercialización de esos libros en formato fb2, unidos -además- al hecho de que ni siquiera es español ni reside en España, le inducen a desestimar la solicitud de la editorial.

Adicionalmente, el webmaster de Papyre.co.cc afirma que las imágenes que acompañan a la misiva son capturas de pantalla de Scribd, y no de su sitio web.

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Comentarios

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igor21's picture

Los usuarios roban libros y los ponen a disposición de la comunidad de complices. Que bonito! Así los asquerosos autores y sus esbirros las editoriales no podrán seguir con su repugnante negocio.

Los autores que reciten en teatros y las editoriales que se mueran de hambre. Parecía que con los libros se podía organizar para que el transito a digital no fuera el fin de la cultura pero este señor ya ha tomado la delantera.

Si yo tuviera una editorial, antes de arruinarme me dedicaría a hacerle DDos hasta que lo echaran de su ISP. Solo por poderme reir cuando estuviera en la cola del paro.

Andy's picture

No has puesto [IRONIC] y [/IRONIC] antes y después de tu comentario.

Ten más cuidado porque alguien puede equivocadamente pensar que hablas en serio y que estás incitando a cometer actos ilegales como ataques de DDoS...

anv's picture

Te equivocas: robar no es la palabra correcta.

Robar es apropiarse de algo de otro. La COPIA no es un robo sino una copia. Nadie se hace pasar por el autor del libro (que es elúnico dueño) ni le quita nada a nadie. Cuando se copia algo, el propietario original sigue teniendo lo mismo que tenía y por lo tanto no le han robado nada.

Más bien con el asunto de las obras digitales, el problema es "leer el libro sin haber pagado por ello", o sea exactamente lo mismo que ir a la biblioteca pero como si fuera una biblioteca con infinitos ejemplares de cada libro.

Sí, sí. Ya se, las bibliotecas son la peor aberración de la historia y debería condenarse a muerte al que las inventó, ¿cierto? Por suerte las bibliotecas se crearon antes de que existieran los monopolios de la música y los libros (una editorial que tiene exclusividad sobre una obra es un monopolio).

Por si queda duda:

robar.

(Del lat. vulg. *raubare, y este del germ. *raubôn, saquear, arrebatar; cf. a. al. ant. roubôn, al. rauben, ingl. reave).

1. tr. Quitar o tomar para sí con violencia o con fuerza lo ajeno.
2. tr. Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea.
3. tr. raptar (‖ sacar a una mujer con violencia o con engaño de la casa y potestad de sus padres o parientes).
4. tr. Dicho de un río o de una corriente: Llevarse parte de la tierra contigua o de aquella por donde pasan.
5. tr. Redondear una punta.
6. tr. Achaflanar una esquina.
7. tr. Entre colmeneros, sacar del peón partido todas las abejas, ponerlas en otro desocupado, y quitar de aquel todos los panales, poniendo el peón en el potro, y dándole golpecitos hasta que pasen al vacío las abejas.
8. tr. En ciertos juegos de cartas, tomar del monte naipes.
9. tr. En el dominó, tomar fichas.
10. tr. Atraer con eficacia y como violentamente el afecto o ánimo. Robar el corazón, el alma.
11. prnl. ant. Huirse, escaparse.

Alejandro Nestor Vargas
http://theflatearthsociety.org/

Melquíades's picture
OtraVezAqui's picture

pero para los interesados ebook de lengua inglesa

http://www.ebookshare.net/

Melquíades's picture

En este ocaso somos aún antorchas, luz que sobresale en el horizonte. Y, mientras esta muralla resista, seremos custodios de la Palabra divina.

-Así sea –dijo Guillermo con tono devoto–. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la prohibición de visitar la biblioteca?

—Mirad, fray Guillermo –dijo el Abad–, para poder realizar la inmensa y santa obra que atesoran aquellos muros –y señaló hacia la mole del Edificio, que en parte se divisaba por la ventana de la celda, más alta incluso que la iglesia abacial– hombres devotos han trabajado durante siglos, observando unas reglas de hierro. La biblioteca se construyó según un plano que ha permanecido oculto durante siglos, y que ninguno de los monjes está llamado a conocer. Sólo posee ese secreto el bibliotecario, que lo ha recibido del bibliotecario anterior, y que, a su vez, lo transmitirá a su ayudante, con suficiente antelación como para que la muerte no lo sorprenda y la comunidad no se vea privada de ese saber. Y los labios de ambos están sellados por el juramento de no divulgarlo. Sólo el bibliotecario, además de saber, está autorizado a moverse por el laberinto de los libros, sólo él sabe dónde encontrarlos y dónde guardarlos, sólo él es responsable de su conservación. Los otros monjes trabajan en el scriptorium y pueden conocer la lista de los volúmenes que contiene la biblioteca. Pero una lista de títulos no suele decir demasiado: sólo el bibliotecario sabe, por la colocación del volumen, por su grado de inaccesibilidad, qué tipo de secretos, de verdades o de mentiras encierra cada libro. Sólo él decide cómo, cuándo, y si conviene, suministrarlo al monje que lo solicita, a veces no sin antes haber consultado conmigo. Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa, y, por último, los monjes están en el scriptorium para realizar una tarea determinada, que requiere la lectura de ciertos libros y no de otros, y no para satisfacer la necia curiosidad que puedan sentir, ya sea por flaqueza de sus mentes, por soberbia o por sugestión diabólica.

Umberto Eco, "El nombre de la rosa"

kawjones's picture

Hablanco de Eco, según un reciente despacho de Europa Press:

"El filósofo y escritor italiano Umberto Eco, quien fue investido hoy (17-02-2010) doctor honoris causa por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla, afirmó que Internet es una "especie de parodia de la enciclopedia que reúne todo el saber del mundo, porque incluye también información falsa", por lo que consideró que el medio ha "fracasado en su intento por ordenar el conocimiento del mundo disponible".
.....Respecto al libro electrónico y su posible influencia en la desaparición del libro tradicional, el escritor defendió que éste último es el "mejor modo de transmitir información. "El libro de papel es como una cuchara o un cuchillo, una vez inventado ya no se puede prescindir de ellos", destacó.

Consideró, asimismo, que no existe "ninguna garantía" de que los a artilugios informáticos puedan conservar siempre la información que almacenan, mientras que los libros son la "única garantía de conservación que existe en estos momentos".

Con un par si señor. Despues de mostrar en "el nombre de la rosa" como el secretismo, el fanatismo y la intolerancia acaban con los libros viene ahora con que son solo la única garantia existente. No si al final resultara que el e-book lo inventó fray Jorge en el monasterio.

Melquíades's picture

-Yo soy La República de Platón. ¿Le gustaría leer a Marco Aurelio? El señor Simmons es Marco Aurelio.

-¿Cómo está usted? -dijo el señor Simmons.

-Hola -dijo Montag.

-Quiero presentarle también a Jonathan Swift, autor de ese malvado libro político, ¡Los viajes de Gulliver! Y este otro señor es Charles Darwin, y este otro es Schopenhauer, y éste Einstein, y éste que está a mi lado el señor Albert Schweitzer, un filósofo muy amable por cierto. Aquí estamos todos, Montag. Aristófanes, y Mahatma Gandhi y Gautama Buda, y Confucio y Thomas Love Peacock y Thomas Jefferson y el señor Abraham Lincoln, si gusta. Somos también Mateo, Marcos, Lucas yJuan.

Todos rieron calladamente.

-No puede ser -dijo Montag.

-Es -replicó Granger con una sonrisa -. Somos quemadores de libros también. Los leemos y los quemamos, temiendo que los descubran. Los microfilms no sirven. Viajamos continuamente. Tendríamos que enterrar las películas y volver a buscarlas. Y siempre podrían sorprendernos. Mejor guardar los libros en las viejas cabezotas, donde nadie puede verlos o sospechar su existencia. Somos trozos de fragmentos de historia, y literatura, y derecho internacional, y Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo. Es tarde. Y la guerra ha comenzado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su vieja túnica de mil colores. ¿Qué piensa usted, Montag?

-Pienso que estaba ciego con mis métodos: poner libros en las casas de los bomberos y después dar la alarma.

-Hizo usted lo que tenía que hacer. Llevado a una escala nacional, hubiese dado un resultado maravilloso. Pero nuestro método es más simple, y, creemos, mejor. Sólo pretendemos conservar los conocimientos imprescindibles, intactos y a salvo. No queremos por ahora incitar las iras de nadie. Pues si nos destruyen, el conocimiento muere con nosotros, quizá para siempre. Somos ciudadanos modelos, a nuestro modo. Caminamos por los viejos rieles, dormimos de noche en las colinas, y la gente de las ciudades nos deja en paz. Nos detienen y registran a veces, pero de nada pueden acusarnos. La organización es flexible, fragmentaria y dispersa. Algunos nos hemos cambiado la cara o las impresiones digitales con ayuda de la cirugía. En este preciso momento nuestra tarea es horrible. Estamos esperando a que estalle la guerra, y que, con la misma rapidez, llegue a su fin. No es nada agradable, pero no gobernamos las cosas. Somos la rara minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra termine, quizá podamos ser útiles al mundo.

-¿Creen ustedes que los escucharán entonces?

-Si no, sólo nos quedará esperar. Les pasaremos los libros a nuestros niños, de viva voz, y ellos esperarán a su vez y se los pasarán a otras gentes. Mucho se perderá de ese modo, es cierto. Pero no se puede obligar a la gente a que escuche. Se acercarán a nosotros cuando llegue la hora, cuando se pregunten qué ha pasado y por qué el mundo estalló en pedazos. No puede tardar mucho.

-¿Cuántos son ustedes?

-Miles en los caminos, las vías de ferrocarril abandonadas. Vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro. No lo planeamos en un principio. Siempre había alguien que quería recordar un libro, y así lo hacía. Luego, después de veinte años, nos encontramos, fuimos de un lado a otro, unimos los hilos sueltos, e ideamos un plan. No debíamos olvidar lo más importante: no éramos importantes. Debíamos evitar toda pedantería. No debíamos sentirnos superiores a nadie en el mundo. No éramos más que cubiertas protectoras de libros; ése era nuestro único significado. Algunos de nosotros viven en pueblos. El capítulo primero de Walden de Thoreau en Green River; el capítulo segundo en Willow Farm, Maine. Hasta hay una aldea en Maryland, de veintisiete habitantes, que es los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Ninguna bomba tocará esa aldea. Uno puede, casi, tomarla en la mano, y pasar las páginas, tantas páginas por persona. Y cuando la guerra termine, algún día, algún año, podrán escribirse los libros otra vez; se llamará a la gente, una a una, para que recite lo que sabe, y los guardaremos impresos hasta que llegue otra Edad de las Tinieblas, y tengamos que rehacer enteramente nuestra obra. Pero eso es lo maravilloso en el hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa.

Ray Bradbury, "Fahrenheit 451"

FiLeM0N's picture

Es un poco duro para los escritores, editores y libreros, pero tendrán que cambiar el modelo de negocio. Con la música ya está mas que demostrado que demandar es como intentar poner puertas al campo. Por cada página demandada aparecerán 20 como las setas en el bosque...

jmavjmavj's picture

La libertad de expresión es un derecho fundamental o un derecho humano, señalado en el artículo 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, y las constituciones de los sistemas democráticos, también lo señalan. De ella deriva la libertad de imprenta también llamada libertad de prensa.

El derecho a la libertad de expresión es definido como un medio para la libre difusión de las ideas, y así fue concebido durante la Ilustración. Para filósofos como Pach, Montesquieu, Voltaire y Rousseau la posibilidad del disenso fomenta el avance de las artes y las ciencias y la auténtica participación política. Fue uno de los pilares de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución francesa, hechos que revolvieron las cortes de los demás estados occidentales.

Otro argumento clásico, asociado a John Stuart Mill, es que es esencial para el descubrimiento de la verdad. Oliver Wendell Holmes Jr. y Louis Brandeis, famosos juristas estadounidenses, acuñaron el argumento del mercado de ideas. Según esta analogía con la libertad de comercio, la verdad de una idea se revela en su capacidad para competir en el mercado. Es decir, estando en igualdad de condiciones con las demás ideas (libertad de expresión), los individuos apreciarán qué ideas son verdaderas, falsas, o relativas. Este argumento ha sido criticado por suponer que cualquier idea cabría en el mercado de ideas. Y aun así, el que unas ideas tengan mayores medios de difusión las impondría sobre otras, al margen de la verdad. La alternativa a esta debilidad del mercado de ideas sería la persecución de la falsedad. Pero esta presenta su propia debilidad, ¿cómo saber si se está en lo cierto si se persigue la opinión disidente? Incluso si pudieramos tener la certeza de la verdad de una opinión, la existencia de opiniones disidentes permite poner a prueba, mantener viva y fundamentada la opinión verdadera y evita así que se convierta en dogma o prejuicio infundado.

Lo cierto es que esta metáfora se presta a equívocos, y Mill no comparó la libertad de expresión con un mercado. En Sobre la libertad (1859) apelaba a la libertad para exponer y discutir con el fin del conocimiento. Esto implica unas normas implícitas de conducta que aseguren el mutuo respeto entre los ponentes.

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