Cuando alguien duda sobre una verdad transmitida con la característica de "oficial" y no se queda con ella, sino que inicia un trabajo para intentar rebatirla, es entonces cuando aparece la faceta del investigador. Investigadores hay en todos los campos del saber humano, incluso el informático, sólo que en este caso se les llama vulgarmente y de forma generalizada hackers. Quedémonos con lo de investigador y dejemos de lado momentáneamente la informática.

Gracias a los trabajos de investigación, los adelantos tecnológicos, científicos, médicos, etc. han sido imparables durante el transcurso de los siglos, con lo cual verdades que en su momento fueron consideradas como incuestionables e incluso como divinas, han sido absolutamente rebatidas. Si miramos hacia atrás el avance ha sido realmente brutal, pero si lo sopesamos con cuidado veremos que cualquier cosa creada o ideada por el ser humano admite siempre un doble uso: un uso para el bien y un uso para el mal. Este razonamiento, que a primera vista puede parecer simple, resulta bastante más complicado puesto que lo que es bueno para unos puede no serlo para otros, y viceversa, con lo cual la frontera diferenciadora entre el ying y el yang que dibujan los asiáticos no está nada clara.

Para desarrollar todo lo anterior veremos algunos ejemplos...

Mucha gente se preguntará cómo es posible que en España haya tanta sequía y que los pantanos tengan tan poca cantidad de agua. Una de las posibles respuestas probablemente responda al cambio climático y efectivamente llueva menos de lo normal. Otra también puede ser la enorme cantidad de jardines privados existentes, piscinas y campos de golf. Otra más que la población de este país se ha incrementado muchísimo durante los últimos años y su lógico consumo de agua ha ayudado a disparar el agotamiento de las reservas. Pero creo que también puede haber una más, y es la de que en determinadas zonas agrarias, y para evitar el efecto destructor de las tormentas veraniegas, se están aplicando discreta y sigilosamente ciertas técnicas que consisten en lanzar a la atmósfera determinados productos químicos para disolver las nubes. Estos productos químicos, que por lo visto deben funcionar muy bien ya que son capaces de disolver enormes y negros nubarrones en muy poco tiempo, son altamente tóxicos para la salud y terminan aterrizando en el suelo impregnándolo todo. No, no estamos hablando de los años ochenta ni del tercer mundo, sino de 2006 y España.

Resulta cuanto menos curioso las ganas con que muchos ayuntamientos e instituciones del país se han puesto manos a la obra para sustituir las farolas de toda la vida por otras con cubiertas especiales para evitar la llamada "contaminación lumínica" (gran programa PhotoShop). Este espectacular gasto económico contrasta con el interés demostrado por las instituciones respecto a la crisis que supuso el hundimiento del petrolero Prestige, situación en la que se optó por mandar el petrolero a aguas internacionales para que reventara allí y contaminara el agua y kilómetros y kilómetros de costas. Me cuesta entender el valor que se le da en nuestras instituciones a un tipo de contaminación en perjuicio de otro, pero así es la vida en la política.

Volviendo a la lumínica. Si tenemos en cuenta que las ciudades vienen iluminándose de noche desde hace muchísimos años, que los animales que habitan en ellas duermen en sus madrigueras o nidos con los ojos cerrados, que los ciudadanos bajan las persianas y cierran los ojos también, que a determinadas especies que se dedican a buscar comida como el murciélago la luz les importa bien poco, que los observatorios astronómicos se encuentran en lo alto de las montañas alejados de las ciudades ¿esta contaminación es auténtica o debería hablarse más bien de excesivo gasto energético? ¿Por qué no se suprime la iluminación extra que se aplica en nuestras calles para las fiestas de Navidad y que se alarga durante dos meses o más? ¿En esas fechas no se contamina lumínicamente? Una explicación razonable a todas estas incongruencias podría ser que si emitimos la luz directamente hacia el espacio tal vez molestemos-deslumbremos a otras criaturas que están ahí y velan en silencio por nosotros, y no me refiero a los marcianos, sino a los satélites militares.

Dan Brown obtuvo un clamoroso éxito internacional con su "Código Da Vinci", algo realmente difícil de entender cuando sabemos de la existencia de la magnífica obra de artesanía sobre temática religiosa "Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica", del experto en sectas Pepe Rodríguez.

En Kriptópolis se desmenuzó el libro "Fortaleza digital" (Digital Fortress) de Dan Brown, pero se pasó por alto una idea bastante interesante reflejada en él y que consistía en la existencia de un algoritmo de cifrado que se ofrecía a la opinión pública como absolutamente indescifrable, cuando en realidad no lo era tanto, es decir, una puerta trasera en un algoritmo de cifrado indescifrable. La fecha de copyright de este libro es 1998, pero si retrocedemos en el tiempo veremos que en la vida real el concurso para el estándard AES presentado por el NIST (National Institute of Standards and Technology) en 1997 no fue ganado por el algoritmo Rijndael hasta el año 2000 (se presentaron quince algoritmos en 1998, quedaron cinco finalistas en 1999, con Twofish del famosísimo Bruce Schneier entre ellos, y se eligió Rijndael en 2000). Cualquiera que leyera Kriptópolis por aquellas fechas podía llegar fácilmente a la conclusión de que Schneier, el gurú de la criptografía y creador también de Blowfish, iba a ser el vencedor del concurso, pero perdió. Perdió aproximadamente dos años después de la publicación de "Digital Fortress". ¿Dos agentes de la NSA se pusieron en contacto con el escritor como él mismo afirma en el libro? ¿Este baile de fechas puede indicar algo? ¿Y si...?

La duda siempre ha motivado al hacker, y así soluciones informáticas que se vanagloriaban de ser seguras han dejado de serlo desde el mismo momento en el que uno de ellos ha comenzado a preguntarse ¿y si no fuera verdad? ¿y si haciendo esto reviento aquello? ¿y si...?

Realmente el saber nos hace libres... ¿o nos hace esclavos de la preocupación?

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