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Cómo pasarse por el forro la ley de registro de comunicaciones
Alice quiere poder usar un teléfono móvil pero no quiere que la compañía telefónica tenga sus datos personales, por ello quiere comprarle a Bob su SIM (que incluye su número de teléfono), que es prepago y por ello no liquida su tráfico mensual mediante domiciliación bancaria.
Bob no quiere vendérselo, porque si así lo hiciera tendría que avisar del cambio de número a todas sus amistades, pero Bob se va a una gran superficie, compra una tarjeta prepago poniendo en la ficha de sus datos personales lo que se le ocurra, o los de su abuelo, que anda pocho estos días.
Alice compra el SIM y lo recarga en establecimientos que aceptan dinero en efectivo -como billetes de 500 euros- que para eso están, por lo que la transacción, que puede ser única, no deja mucho más rastro.
Charlie es un prestigioso banquero de inversión que se pasa el día planeando OPAs y contraOPAs y que está sujeto a una legislación muy estricta (las llamadas murallas chinas), por la que le está poco menos que prohibido hablar de su trabajo con el departamento de inversiones de su banco, especialmente con Dalila, que trabaja delante de una terminal de contratación y que además está buenísima.
Charlie le compra a Alice el SIM que Alice le compró a Bob y que la compañía telefónica cree que tiene como propietario a un anciano que estaba un poco pocho y que ha fallecido recientemente y que tiene un saldo de 100 eurazos. El precio es, como si de una adquisición inmobiliaria de tratara, un 200% o más por encima de los gastos de producción, que es una pasta, pero que tratándose de lo que se trata puede hasta merecer la pena.
Dalila, que será rubia pero no tonta, acaba de recibir un SMS en el que puede leerse:
BKT LNG BNP SHRT
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